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Victoria Mollo: “En la ciudad estás encerrado: la libertad del campo siempre te tira”


Victoria Mollo es nacida y criada en Belén, pueblo andino de la precordillera de Arica y Parinacota que ella define como un mundo aparte. En tiempos de movilizaciones sociales, piensa que se necesita más reflexión y menos individualismo.

La voz suave y el gesto dulce se iluminan aún más cuando Victoria sonríe. Advierte que sus respuestas van a ser escuetas, y elige cuidadosamente las palabras durante los primeros minutos. Luego, como un torrente, comienzan a aparecer los recuerdos, las enseñanzas y el amor por la tierra que la vio nacer. Una que la llama incesante con las voces de sus padres, abuelos y ancestros cada vez que recorre los 150 kilómetros que separan Belén de Arica.


“Yo siempre he trabajado en agricultura junto a mis padres. No tuve la dicha de conocer a mis abuelos, pero ellos dejaron un terreno. Y la tierra tira. Estuve en Belén hasta sexto básico, y me tuve que ir a Arica a terminar el colegio”, relata. Un restorán, Sabores de Belén, y un alojamiento familiar en su querido pueblo le dan a Victoria la posibilidad de mejorar ingresos manteniéndose cerca de sus raíces, un principio no negociable. Con ellos, ofrece alojamiento y alimentación a trabajadores y turistas. El esfuerzo es grande, pero rinde frutos. “Todo lo que tengo es sudor”, puntualiza. En lo inmediato está  preparada para colaborar en el proyecto de Restauración de la Iglesia de Santiago, mandatado por el Gobierno Regional y sub-ejecutado por Fundación Altiplano, para el que entregará, junto a otras microempresarias del pueblo, alimentación para el equipo de trabajo, muchos pertenecientes a la propia comunidad. La experiencia la conoce bien. En el origen de su emprendimiento está la colaboración en proyectos anteriores de la Fundación Altiplano, que distingue especialmente en Victoria la inteligencia, fuerza y capacidad adaptativa de las mujeres andinas.  

Inquieta por naturaleza, se ha capacitado en turismo comunitario, liderazgo  y conservación patrimonial. Forma parte de organizaciones para la exportación de orégano, participó de programas vinculados al Qhapaq Ñan y ha realizado viajes para conocer mejor el turismo rural en lugares tan distantes como Chiloé. “A veces me molestan en la casa y dicen que en vez de Victoria Mollo, soy Victoria Calle, porque salgo harto”, dice entre risas.


La sonrisa de Victoria proviene de una sensación de libertad. Es una de las primeras razones que nombra cuando le preguntan por qué tanto amor por Belén. “Uno aquí es libre. Puedes caminar, recorrer. Tienes un río si te da sed. Y puedes comer lo que siembras, lo que nace de tu trabajo. Lo tenemos todo”, dice con vehemencia. La gente en el pueblo se conoce, y ese fue uno de los impactos cuando arribó a la ciudad. “Cuando llegué a Arica era muy ingenua y pensaba ‘Hay tanta gente acá…¿Cómo los voy a saludar si no sé cómo se llaman?’, pensaba”. Terminado el colegio, trabajó un tiempo en la ciudad. No le gustó. “En la ciudad uno está como encerrado todo el tiempo. Yo creo que el pueblo aymara no está hecho para eso”.


"A veces, cuando veo las casas de adobe con las paredes torcidas o sin techo por el viento, me da pena. Me pregunto qué va a pasar con todo lo que he hecho"

Pese a amar sus paisajes, a Victoria ciertas panorámicas le pesan. “A veces, cuando veo las casas de adobes con las paredes torcidas, o sin techo por el viento, me da pena. Me pregunto qué va a pasar con todo lo que he hecho, porque el pueblo casi no tiene gente”, cuenta con un dejo de preocupación. No es el caso de su hogar, fue una de las 48 viviendas restauradas con el proyecto “Programa de capacitación en restauración de fachadas”, del Plan Iglesias Andinas/ Ruta de las Misiones. Pero restaurar fachadas no lo es todo. Y las fiestas en los pueblos, pese a que llega muchísima gente, para Victoria tampoco son una solución absoluta. “Muchos vienen al pueblo sólo en las fiestas. Yo los molesto, les digo que son turistas y se ríen. Pero es verdad. Es muy triste ver a los abuelitos solos, porque no pueden hacerlo todo”.


Explica que hay procesos de la agricultura que requieren un trabajo físico importante. “La siembra necesita la juventud, más fuerza para mover la tierra. Le digo a los abuelos que ayuden cocinando algo rico, por ejemplo y que todos los ayudemos a sembrar”, reflexiona. La idea va tomando forma en su cabeza: Que jóvenes suban en ese periodo a ayudar en las tareas más duras, y luego vuelvan a subir en la cosecha. “Cuando comes en lo que trabajaste tiene otro sabor. A la gente le gusta saber. Cuando recibo turistas les cuento que están comiendo algo que yo sembré y cultivé y les gusta. Se dan cuenta que tiene otro sabor".


Pero además de los turistas, Victoria tiene otro público cautivo. Y en él está puesta la esperanza de un Belén resurgiendo. “Mis hijos no siempre están entusiasmados en seguir lo que yo hago. Los hijos se fueron del pueblo, pero los nietos…preguntan, quieren saber. Y los jóvenes están con lo del reciclaje, de conservar. Quieren comer cosas sanas, sin tantas hormonas y químicos. Tengo una nieta que se llama como yo, tiene tres años. Cuando está lloviendo, le digo que se ponga botas de plástico y le pregunto si quiere venir a Belén. Quiere mirar todo, le gustan las plantas, los animalitos, quiere sembrar. Yo le digo que cuando crezca va estar ahí y se ríe. Es la más contenta en el campo. Entonces yo creo que, si no fueron los hijos, quizá sean los nietos. O hasta los bisnietos”. Para Victoria, es responsabilidad de los adultos. Mostrar, enseñar, encantar. Y en todo ese proceso, serán ellos mismos quienes se conecten con su historia. “Pero tenemos que ir. Yo quiero que se repoble Belén. Que los niños después sepan lo que hay y puedan decir 'Alguien me dijo que esto era así' y lo hagan. Esa es mi tarea".


Por Lony Vargas*


*Lony Vargas, periodista, editora Revista Sarañani!, encargada de Comunicación y Comunidad en Fundación Altiplano


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